"Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno...". Abrió los ojos y se encontró con la inmensidad del más espectacular atardecer. El sol se estaba escondiendo debajo del mar, dejando las tonalidades de rosas y naranjas más bonitos que nunca antes había visto. Tan solo se escuchaba sus respiraciones, el sonido del agua romper contra las rocas del acantilado y el latir de sus corazones. Había tanta paz en aquel lugar, una dulce armonía que se acompasaba con la nana que les regalaba el mar.
La miraba de reojo y la veía sonreír embelesada y sorprendida con tales vistas, mientras que él estaba embelesado con ella. En su mirada podía ver los ojos de una niña ilusionada con su regalo de Navidad, desprendía el más dulce y tierno amor, lo que hacía que se le escapara una sonrisa nerviosa. ¿Qué más necesitaba? No necesitaba absolutamente nada más, solo quería guardar esas imágenes en la retina y poder repetírselas una y otra vez.
"¿Cómo nunca antes me habías traído a un lugar tan mágico como este?" le preguntó, rompiendo aquel silencio que los envolvía. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo contarle que ese sitio no era tan mágico como ella lo creía? ¿Cómo decirle que realmente donde ella estaba de pie se pasó largas horas pensando en que quizá era buena idea caer al vacío y dormir para siempre, en una eterna noche? ¿Cómo robarle la ilusión y ensombrecer su nuevo lugar de escape? "Hacía demasiado tiempo que no venía por aquí."
Siguieron mirando al abismo, veían como poco a poco iba desapareciendo el Sol pero era un espectáculo digno de ver. Y, ensimismados en un ensueño de vistas, ella alzó la voz y empezó a leer una carta que había escrito un pintor hace años para despedir el sol:
"Entre ventoleras y borrascas, cruzando ciclones y tempestades, lluvias o tornados, pudiste llegar hasta aquí para irte silenciosamente frente a nuestros ojos.
Porque tu misión es partir a iluminar otros sitios. Labradores, estibadores, pescadores te esperan en otras regiones donde la noche desaparecerá con tu llegada.
Y como respondiendo a un timbre mágico despertarás las ciudades, irás junto a los niños a la escuela, pondrás en vuelo la felicidad de los pájaros, llamarás a misa.
A tu llegada, se animará el andamio con sus obreros, cantarán los pregoneros en las ferias, la orilla del río se llenará de lavanderas y entrará la alegría por la banderola de los hospitales.
¡Chau Sol…! Cuando en un instante te vayas del todo, morirá la tarde. La nostalgia se apoderará de mí y la oscuridad entrará en Casapueblo. La oscuridad, con su apetito insaciable penetrando por debajo de mis puertas, a través de las ventanas o por cuanta rendija encuentre para filtrarse en mi atelier, abriéndole cancha a las mariposas nocturnas.
¡Chau Sol…! Te quiero mucho…
Cuando era niño quería alcanzarte con mi barrilete. Ahora que soy viejo, sólo me resigno a saludarte mientras la tarde bosteza por tu boca de mimbre.
¡Chau Sol…! Gracias por provocarnos una lágrima, al pensar que iluminaste también la vida de nuestros abuelos, de nuestros padres y la de todos los seres queridos que ya no están junto a nosotros, pero que te siguen disfrutando desde otra altura.
¡Adiós Sol…! Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa, por eso todos la llaman la casa del sol. El sol de mi vida de artista. El sol de mi soledad. Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte."*
Brotaban las lágrimas de sus ojos como si de dos fuentes de agua trataran. Jamás había escuchado algo tan hermoso en un lugar tan idílico. Era curioso como, de pronto, aquel lugar que había sido el refugio de tantos gritos y pensamientos oscuros, terminó convirtiéndose en un sitio lleno de poesía y magia. Magia que provocaba ella a su lado, magia que pensaba que no existía.
Y mientras la veía con los ojos llenos de lágrimas, se percató de que por la mejilla de ella también corría una lágrima, despidiéndose del Sol.
La de vueltas que da la vida...
*Fragmento perteneciente a Ceremonia al Sol de Carlos Paez Vilaró.