lunes, 29 de febrero de 2016

Historia 6.

Alguien me contó una vez una pequeña historia de amor muy bonita sobre el Sol y la Luna. Decía que el Sol, que siempre está radiante, ahí arriba, iluminándonos y regalándonos su más bellos rayos, tenía una sola razón. En realidad, al Sol siempre le daba un poco igual lo que nos daba indirectamente a todos aquí abajo, siempre lo hizo para coquetear con la Luna. Sus rayos, sus guiños al atardecer... Todo era para la Luna. Siempre fue igual. Y lo mismo pasaba con la Luna. Esa esfera tan grande que iluminaba el cielo nocturno, con sus pequeños destellos que había al rededor de esta, esos destellos que nosotros mismos, los humanos, nos atrevimos a llamarlos estrellas, ayudaban a la Luna a que todo brillara mucho más ahí arriba. Se amaban profundamente, pero no podían estar juntos. Era imposible. Ella estaba tan lejos de él...
Sin embargo, parecía que se contentaban haciendo ese juego de ver quién brillaba más. Pero no podían, no debían estar juntos. Por más que quisieran, por más que lo desearan, era algo imposible. Escucharon algún que otro rayo juntos, escucharon caer lluvias torrenciales, incluso vieron juntos muchas veces alguna que otra lluvia de estrellas. Lo más cerca que pudieron estar en algún momento, y por decirlo de algún modo, era en los momentos de eclipses. No más.

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