jueves, 16 de abril de 2015

Historia 5.

Martina miró tras la ventana. Ya era tiempo de nieve y deseaba verla. Vio pasar mucha gente con bolsas y bolsas llenas de regalos. Otros llevaban ramos de rosas. Hacía tiempo que nadie le regalaba flores. Aunque sus flores favoritas eran los tulipanes. Tulipanes de todos los colores. Tulipanes azules. Una sonrisa melancólica se apareció en sus labios. Hacía tiempo que ya no recibía ese tulipán azul y se rompió en mil pedazos.

¿Qué hubiera pasado si en vez de haber decidido quedarse, se hubiera ido con él? ¿Ahora estaría recibiendo los mismos tulipanes? ¿Vería la nieve de la misma forma que le estaba viendo ahora? ¿Lo seguiría amando? "¿Qué dices, Martina? ¡Claro que lo seguirías amando! No puedes dejar de pensar en él " se contestó. Pero hacía dos años que se había marchado. Dos años que, por decisión mutua, no supieron nada el uno del otro. ¿Qué estaría haciendo ahora?

Seguía mirando por la ventana, pero en realidad no veía nada. Estaba sumergida en sus pensamientos, en sus recuerdos. Dos años habían pasado desde la última vez que lo vio y esos recuerdos estaban tan nítidos en su memoria... Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda cuando se acordó del tacto de su piel, de sus manos acariciándole el cuello y la cara, como le alborotaba el pelo y como ella se enfadaba cada vez que lo hacía.

¿Se acordaría de ella? No lo sabía. Tampoco se lo había hecho saber. Ella creía que si se hubiese acordado se lo hubiera hecho saber, porque Bruno era especial. En su memoria aparecieron algunos recuerdos de ella despertándose a las cinco de la mañana con una llamada de él. En cuanto le preguntaba que qué era lo que le ocurría, él contestaba en susurros: "Sólo quería decirte que pensaba en ti". Ese recuerdo la desarmó otra vez.

La gente ahí abajo seguía pasando con prisas. ¿Por qué nadie se paraba a ver lo que tenía al lado? ¿Es que no apreciaban la compañía que tenían? Cuando Bruno le dijo que se fuera con él lejos de esa ciudad, ella lo miró con cara de estar observando a un demente y estalló en carcajadas: "¿A dónde quieres ir? ¡Aparte conmigo! Bruno, que yo aquí tengo a mi familia, a mis amigos, mis estudios y mi empleo. No puedo dejar la ciudad". Él la miró serio y con una voz teñida de amargura le dijo que él lo que pretendía era "empezar una nueva vida, desde cero y contigo". Acto seguido, cogió su chaqueta y salió por la puerta. Esa fue la última vez que lo vio. No hubieron mensajes, ni llamadas, ni cartas, ni nada. Nunca se despidieron.

"¿A qué viene esto ahora, Marina?". Cogió el móvil para ver qué fecha era y la hora. "Lunes, 21 de diciembre. 20:37". "Hoy, hace dos años atrás, él estaba en ese sofá tomándose una copa de vino tinto. Yo lo miraba. Su perfil, sus largas pestañas... Cuanto lo echo de menos...".

El ruido del timbre la despertó de su ensoñación. "¡Ya va!", gritó. En cuanto llegó a la puerta, miró por la mirilla para saber de quién se trataba. Pero allí no había nadie. Abrió la puerta para ver si se habían equivocado, pero en el pasillo no había nadie. La sorpresa se la llevó en el momento que bajó la mirada al felpudo. Había en el suelo un ramo de tulipanes azules, con una pequeña tarjeta que decía: "Sólo quería decirte que pensaba en ti".








El resto ya es historia.

miércoles, 15 de abril de 2015

Historia 4.

Estaba cansada. "¿Cansada de qué?", le preguntaron una y mil veces. No podía aguantar una sola palabra más de nadie. Nadie sabía en realidad qué había sido de su pasado, quién fue la persona que le hizo daño ni quién fue la persona que estuvo apoyándola en todo momento. Bien sabía ella que su corazón estaba lleno de ese despreciable dolor y rencor. "Pronto se pasará todo eso, Iria", se repetía para sí misma, como si de un mantra se tratara. Las imágenes de ella de pequeña se le repetían una y otra vez en la memoria y no podía evitar esa rabia que le hizo llorar y gritar más de una vez. Pero ahí estaba de nuevo esa otra persona que la cogía en brazos para levantarla, repitiéndole una y otra vez "Eh, no bajes la guardia, levanta la cabeza, eres una mujer fuerte, sabes llevar esto y mucho más. Me tienes a mi y a todos los que te rodean y te quieren". Eso la hacía levantarse de nuevo, cada mañana.
En su cara siempre había una sonrisa, no podía evitarlo. Nunca quiso darle a nadies motivos para que le estuvieran preguntando qué era lo que le pasaba. Solo ésa persona, ésa mujer sabía, con tan solo mirarla a los ojos si estaba bien o mal, si le dolía algo o si la inundaba la felicidad. Estaba a su lado en cada fracaso y cada logro. Iria se decía a menudo no me va a dar la vida entera para poder decirle cuán agradecida le estoy por todo lo que me da. Entonces, cada mañana hacía hasta lo imposible para intentar sacarle una sonrisa. Porque, al fin y al cabo, no había nada más gratificante para ella que hacer sonreír a su talón de Aquiles.
Discutían... ¡Vaya si discutían! Pero de eso se trata el amor verdadero, ¿no? Discutir, calmarse, hablar las cosas en frío, reconciliarse, fundirse en un abrazo que ambas echaban de menos. Hubieron veces que estuvieron algunos largos días sin hablarse, pero eso daba igual, ambas sabían cuanto cariño había entre ellas. 
De todas formas y por más que ese punto de apoyo le decía que tenía que dejar el pasado atrás, Iria no era capaz de olvidar. Su mayor defecto era justamente ese: "no saber ni perdonar ni olvidar". El pasado de Iria estuvo teñido de tonalidades negras y grises, nunca blancas ni de colores. Siempre fue la segunda en todo y siempre fue ella quién hacía las cosas mal. Tuvo que madurar antes de tiempo y hacerse cargo de cosas que una niña no debería de hacer. Luego la conoció a ella y la cuidó, la aconsejó, le echó una y mil broncas, la mimó y le dio todas esas cosas que le hicieron falta en su momento. Supo por aquél entonces el verdadero significado de ese "amor materno" que le faltó. 
Ella le dio las armas para defenderse en la vida ante cualquier situación. Fue ella también la que le dio ese regalo que fue el principio de su pasión por la escritura. Fue ella la que le dijo más de una vez que no abandonara sus sueños, que aunque le costara sudor y lágrimas, llegaría a donde quisiera. Gracias a su apoyo y sus consejos, Iria pudo cumplir su sueño y ser hoy quien es.
Hace poco me volví a encontrar con Iria y en su cara solo había felicidad. Se le oscureció la cara cuando le pregunté sobre su pasado, si ya no sentía tanto rencor, si pudo olvidar o si supo perdonar, me contestó un rotundo "no" y, aunque os lo parezca increíble, la entendí. Se le iluminaron los ojos cuando le pregunté por su madre y se le amplió aún más la sonrisa mientras me iba contando como estaba y qué era de su vida, y se le hinchaba el pecho de orgullo. Nunca me olvidaré de las palabras que hace algún tiempo atrás me dijo: "Madre no es la mujer que tiene un hijo, sino quien está ahí para cuidar de un hijo, para darle cariño, para echarle broncas, para aconsejarlo, para estar en sus triunfos y en sus fracasos. Eso es una madre".


A mi madre, mi punto de apoyo
mi talón de Aquiles,
mi sonrisa de cada mañana.

lunes, 13 de abril de 2015

Historia 3.

Llama era lo que había en esos besos. Besos apasionados, besos de necesidad. Se necesitaban tanto, se echaron tanto de menos. Besos con promesas. Besos que decían un "hola" tímido. Besos que los dejaron marcados para siempre. Besos, besos y más besos. Otro beso más cargado de deseo. Y otro beso, que con este seguían ya el ritmo del antiguo Catúlo con sus dulces poema a su amada Lesbia. ¿Cuánto tiempo llevaban así? Habían perdido la cuenta.

La gente pasaba a su alrededor. Algunos miraban asombrados, otros con una sonrisa avergonzada de ver a esa pareja en plena calle. Otros les tapaba los ojos a los niños pequeños y otros más allá miraban con cierta melancolía en los ojos recordando épocas pasadas, de cuando eran jóvenes, de cuando tuvieron su primer gran amor. Pero, en fin, nadie sabrá nunca cuanto se echaron de menos.

Era un amor de verdad. Aunque... ¿alguien sabe en realidad cual es el amor de verdad? La cuestión de todo esto es que se encontraron después de varios años sin verse. Se separaron por motivos que nunca ninguno de los dos entendieron, aunque nunca dejaron de amarse, tanto o más que antes.

"¿Qué más dará que todo el mundo nos vea, Sophie? Te tengo ahora, aquí, en mis brazos y esta vez no pienso soltarte. Te quiero mía, te quiero siempre y te quiero ahora.", se repitió Alex en su cabeza. Las palabras en sí no salían de su cabeza de forma coherente. Al contrario, no sabía lo que pensaba. Era un torbellino de muchas cosas. "Está tan guapa. Ese vestido le sienta fantásticamente. ¿Se ha cortado el pelo? ¿Alex. qué haces? Esto no puede estar pasando. Despierta, Alex, estás soñando. Cuanto te he echado de menos, Soph. ¡Te has vuelto loco, Alex! En plena calle besando a Sophie... ¿Qué más dará?"

De pronto esos besos terminaron y se miraron fijamente a los ojos. Se reprocharon todos los años que estuvieron separados el uno del otro, se dijeron cuán grande era su amor. Dijeron millones de cosas. Solo con la mirada. No necesitaron palabras para expresar todo lo que había en sus cabezas.






Y es que en el fondo todo daba igual. Estaban de nuevo juntos.