viernes, 18 de diciembre de 2020

Historia 11.

¿Cómo hacerte sentir todo el daño que has dejado? ¿Cómo hacerte ver que realmente el causante de todos los problemas eras tú? Después de tantos años, te atreves a recriminarme que fui yo quien te hizo daño, que fui yo la causa por la cual dejaste de creer en el amor. ¿Cómo te atreves?

Es que lo veo en tu mirada y no veo más que reproches y malas actitudes. ¿Crees sinceramente que es esto lo que me merezco, después de todo? ¿Después de todo lo que di por ti? ¿Después de todo lo que dejé de lado por ti? Te había jurado amor eterno y para mi eras la única persona en este terrible mundo capaz de hacerme ver que quizá no era tan terrible. ¿En qué momento te convertiste en una persona que apenas reconozco? ¿Cómo te atreves?

Te quise tanto y tan fuerte... No me creo que me estés diciendo estas palabras. No me puedo creer que realmente te atrevas a pensar que eres un ser superior a mi. Te juro que pensé que después de todo este tiempo habrías cambiado, que la vida te habría hecho cambiar, porque de eso se trata la vida, de darte golpes cuando realmente los necesitas para volver a meterte por el buen camino.

Pero tú nunca aprenderás, nunca serás capaz de ver más allá de tu propio ombligo, porque primero estás tú; luego, vuelves a estar tú; y tú, y ya por último, quizá que los demás. Pero no. Te dedicas a jugar con las personas que se atreven a acercarse a ti, sin la más mínima piedad. Haces que esas personas se sientan a gusto, cómodas, para tarde o temprano, hacer lo que quieras con ellas. ¿Es que realmente no existe el karma para ti? 

Y me dices que es mi culpa. Que todo esto lo he ocasionado yo. ¿YO? Miro al cielo y me muerdo la lengua para que esto no se vaya de madres. Dios sabe que nunca me callo ante este tipo de cosas. Pero, piensa bien, ¿realmente necesito esto? Ni siquiera sé en qué momento acepté tu invitación. Momento de debilidad, supongo.

Nunca obtendré un perdón por tu parte, pero no te equivoques, tampoco lo quiero. No había venido a por ello. Lo único que quería era saber si realmente habrías cambiado. Las personas jamás cambian, decía mi madre. Bendita ella y su sabiduría. Pero volví a caer una vez más en esa estúpida ilusión de que quizá si, quizá esos golpes se los habría llevado y sería una persona diferente. Tengo tanto rencor en el cuerpo... Que es casi infinito.

Y sigues hablando y tu ego sigue aumentando, poco a poco, a medida que vas diciendo una palabra, a medida que utilizas un punto y aparte. Estás tan arriba, que apenas consigo verte. Pero también estás cada vez más lejos de lo que estabas en cuanto te sentaste en esa silla. Necesito que se acabe esto ya. Suficiente daño. He cumplido mi cupo de este año y de los venideros.

Miro a un lado, veo a una pareja de jovencitos enamorados. Quizá sea su segunda cita. ¡Qué tiernos!, me da por pensar. Miro al otro lado y veo a un señor muy mayor como le limpia la comisura de los labios a su mujer, que se había manchado comiendo una red velvet y el corazón se me encoge, pensando que esa podría haber sido yo con él. Pero no, aquí estamos, con un café que está más frío que su corazón y su mirada y el corazón en un puño. 

A veces, es mejor darle la razón a los estúpidos antes que intentar hacerles ver que la vida no es como ellos lo creen. Así que me levanto de la silla, recojo mis cosas y, sin pensarlo le digo:

-¿Sabes qué? Tienes razón. Toda la razón del mundo. Eres feliz así, ¿verdad? Pues ya está.

Y salí del bar, sin mirar atrás. Me pareció escuchar un fingido por favor, quédate, pero sabía que ya no lo necesitaba. Caminé durante horas, sin rumbo, perdiéndome por mi propia ciudad, con la cabeza bien alta pensando en lo feliz que era ahora. Ahora sí, había acabado. 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Historia 10.

"La carretera parecía infinita y nosotros aún no teníamos un destino fijo. El sol abrasaba, pero íbamos tan rápidos que el viento nos refrescaba en cierta medida. Estábamos solo nosotros en el camino y la música sonaba tan alta que no escuchábamos nuestros propios pensamientos.

Le miraba de reojo y lo veía sonreír, la sonrisa más amplia que jamás antes había visto. Era el dueño de la carretera y de mi alma entera. Cogía el volante con tanta seguridad y tan confiado... Cantábamos como si fuera un concierto, a pleno pulmón "She knows what I think about, and what I think about one love, two mounth, one love, one house, no shirt, no blouse, just us, you find out" y después nos matábamos de risa pensando en cuál de los dos se había inventado esa estrofa. 

De pronto, giró a la derecha siguió unos dos kilómetros más en línea recta y volvió a girar a la izquierda. Yo seguía pensando que no teníamos un destino fijo, que íbamos a la aventura, cuando se me dio por preguntarle hacia dónde nos dirigíamos.

-Déjate llevar, ¿de acuerdo? Es una sorpresa.

Me pasó una pañoleta y me pidió que me la pusiera en los ojos. Siguió conduciendo un buen tramo mientras yo no veía hacia donde me llevaba. Después de unos treinta minutos, paró el coche, se acercó a mi oído y me susurró "ni se te ocurra moverte ni quitarte aún la venda de los ojos". Escuché como salía del coche, abría y cerraba el maletero una y otra vez, tanta espera me impacientaba.

-Disculpe la demora, señorita, pero tenía que terminar de prepararlo todo. Aún no se puede quitar la venda, pero, como sé que se fía de mi, le guiaré.

Abrió mi puerta y me hizo dar un par de pasos a ciegas. "Para que luego digas que no soy romántico" me espetó de pronto. Paramos en seco y empezó a decirme el discurso más tierno que jamás le había escuchado:

-Escúchame bien lo que te voy a decir, Laura, porque no te lo voy a repetir dos veces. Nunca nadie me había importado tanto como me importas tú. El calor que le das a mi alma no es ni parecido al calor que nos está dando este sol hoy. Es tal el amor que te tengo, que hasta duele, porque te quiero a morir y no te rías con lo que te estoy diciendo, porque es la pura realidad. A veces me sacas de quicio y quisiera matarte, sobre todo cuando te pones en tu modo más terco, incluso cuando te pones dramática o celosa porque te digo que si entrara por la puerta Monica Bellucci, ahí te quedas. Incluso con todo eso, te quiero a rabiar. Eres el amor de mi vida, Laura, y no sé qué hice para merecerte, pero aquí estamos, en un sitio que tú aún no sabes cual es, con los ojos vendados y seguramente pensando que qué narices me está pasando y porqué tanto misterio. Sé que la gran parte del tiempo parezco despistado o que no te presto mucha atención, pero puedes creerme que escucho cada una de las palabras que me dices. Te quiero por encima de todas mis posibilidades y no me imagino despertarme un día y que no estés ahí, a mi lado, robándome la manta, tirándome de la cama o despertarme con tus pies en mi cara porque a mitad de noche se te ocurrió que sería buena idea darte la vuelta totalmente. Ahora, en tus manos está la posibilidad de hacerme el hombre más feliz del mundo o el más miserable, por eso, te pido que te quites la venda y te imploro que solo digas sí.

A estas alturas, mi corazón latía a un ritmo frenético y no paraba de llorar. Jamás me imaginé que esto nos iba a terminar ocurriendo.

Me quité la venda con miedo a que fuera un sueño, de esos que te despiertas y desearías que fuera verdad. Pero no. Estábamos en un predio enorme, lleno de árboles alrededor, al fondo, un acantilado donde podía escuchar el mar como batía de un lado a otro y, justo a mis pies, ahí estaba él, de rodillas, con un enorme ramo de rosas rojas en una mano y, en la otra, una pequeña caja negra de terciopelo forrada por dentro con terciopelo burdeos y el anillo más bonito que jamás me hubiera imaginado. Un anillo sencillo, discreto y con un brillo que robaba todo el protagonismo a todo lo demás. 

Mi corazón se paró y lloré aún más. Era todo tan perfecto... El día, el lugar, cada una de sus palabras... En ese momento, se me pasaban millones de cosas por la cabeza: tenía ganas de gritar, tenía ganas de seguir llorando, ganas de reír, ganas de comérmelo a besos... Todo en milésimas de segundos.

Obviamente terminé diciéndole que sí. Creo que le repetí treinta y cinco veces que sí. No paraba de repetírselo y entre beso y beso, me decía que ya le había quedado claro, que no hacía falta que se lo repitiera y se reía, nos reíamos como locos.

Fue uno de los días más felices de mi vida. Acababa de cumplir los 27 años y todo era indescriptible: el contarle a nuestros amigos que nos habíamos prometido, después a nuestra familia, los preparativos... Es una sensación que vas a sentir a partir de ahora, mi pequeña niña, pero puedo prometerte de que lo vas a disfrutar tú más que nadie.

Van a pasar los años y te prometo que cuando eches la vista atrás y se lo cuentes tú a tus hijos, lo vas a recordar como yo lo estoy recordando ahora contigo. Volverás a sentir ese hormigueo en el estomago y se te van a llenar los ojos de lágrimas como me está pasando ahora."

Escuchaba a mi madre y se me caían las lágrimas a mi también. Apareció mi padre de pronto en el jardín y se acercó a ella con una rosa en la mano diciéndole que no hacía falta darme envidia, que jamás van a hacer algo así por mí, mientras se reía de forma jocosa y mi madre le reñía. Siempre fueron igual. Y los vi juntos, como lo miraba ella y como la miraba él. y me dieron paz y esperanza, esperanza por creer que el amor para toda la vida es real, a la vista está, después de cincuenta y cinco años, seguían igual de enamorados como el primer día.