martes, 21 de marzo de 2017

While she sleeps. (Historia 7)

Era un hombre enemigo de la soledad, pero tampoco hacía ni permitía que nadie ni nada cambiara su posición. Lo cierto es que, por más que en repetidas ocasiones se proponía cambiarlo, no se sentía a gusto, en su hábitat natural y todo volvía al principio.
Nunca se enamoró. Sí, nunca se enamoró de nadie. Estaba roto. Estaba vacío. Apenas se tenía a sí mismo un mínimo de aprecio. Era un hombre frío, más frío que un témpano de hielo. Nadie era capaz de comprenderlo. Hablaba de temas que a nadie le interesaba y por eso mismo prefería quedarse en casa viendo películas antiguas o escuchando canciones que interactuando con otras personas. Las personas lo aburrían.
También es cierto que este hombre no calentaba la misma cama dos noches. Iba de brazos en brazos buscando un poco de calor, e incluso intentando encontrar algo que uniera esos trozos rotos que lo hacían a él por dentro.
Todo en vano.
Pero era un hombre muy presumido. Eso sí, cayera quien cayera en sus brazos por una noche, podía esa persona sentir el frío de su corazón. "El hombre vive por y para satisfacer sus deseos más primitivos", decía siempre. Al igual que repetía que "el lujo es vulgaridad", algo que siempre lo identificó mucho, ya que todo lo que lograba, lo terminaba perdiendo, Por una cosa u otra, siempre lo perdía.
Hubo una vez que creyó que se había acercado a eso que ya había perdido la esperanza de encontrar, a un amor, a alguien de quién cuidar, de quién proteger, de dar cariño... Pero era exactamente igual que él.
Era una persona fría, distante, desapegada de todo lo que le rodeaba porque "todo tiene una fecha de caducidad, nada es para siempre". Y, así con todo, el hombre la aceptó, dejó que caminara a su lado, con algo de distancia por medio de los dos, pero sí, al lado.
Por un momento se sintió vivo. Completo. Pero el sentimiento le duró poco. Un dicho popular dice que "lo bueno breve, dos veces bueno". Y lo fue. Tanto que lo fue.
Pero no era el momento. Eran ellos, eso estaba claro, pero se conocieron en el momento equivocado. Tenían que ser ellos, eran tal para cual, Mismos gustos, mismos temas de conversación, vivencias parecidas, mismas personas rotas, mismas inquietudes. Se podría decir que se complementaban a la perfección. Pero seguimos con lo mismo, no era el momento y ambos lo entendieron, Y lo aceptaron. Prefirieron esperar a que llegara el momento.
Se hizo esperar ese momento, Fue una espera agónica. Las horas dejaron de serlo para convertirse en días y los días en meses. Se buscaron mutuamente pero ninguno de los dos se encontraban.
Sin embargo, querido lector, puedo asegurarte de que el destino es muy caprichoso, más caprichoso que un hijo único consentido por los padres, y un día totalmente aleatorio, los volvió a unir. Esta vez, al fin, era el momento, y esta vez, la unión fue para siempre.
Ese hombre era yo y, mientras escribo estas palabras la veo de refilón dormida en nuestra cama y no me puedo creer que esté ahí.
Bendito destino.