Estaba cansada. "¿Cansada de qué?", le preguntaron una y mil veces. No podía aguantar una sola palabra más de nadie. Nadie sabía en realidad qué había sido de su pasado, quién fue la persona que le hizo daño ni quién fue la persona que estuvo apoyándola en todo momento. Bien sabía ella que su corazón estaba lleno de ese despreciable dolor y rencor. "Pronto se pasará todo eso, Iria", se repetía para sí misma, como si de un mantra se tratara. Las imágenes de ella de pequeña se le repetían una y otra vez en la memoria y no podía evitar esa rabia que le hizo llorar y gritar más de una vez. Pero ahí estaba de nuevo esa otra persona que la cogía en brazos para levantarla, repitiéndole una y otra vez "Eh, no bajes la guardia, levanta la cabeza, eres una mujer fuerte, sabes llevar esto y mucho más. Me tienes a mi y a todos los que te rodean y te quieren". Eso la hacía levantarse de nuevo, cada mañana.
En su cara siempre había una sonrisa, no podía evitarlo. Nunca quiso darle a nadies motivos para que le estuvieran preguntando qué era lo que le pasaba. Solo ésa persona, ésa mujer sabía, con tan solo mirarla a los ojos si estaba bien o mal, si le dolía algo o si la inundaba la felicidad. Estaba a su lado en cada fracaso y cada logro. Iria se decía a menudo no me va a dar la vida entera para poder decirle cuán agradecida le estoy por todo lo que me da. Entonces, cada mañana hacía hasta lo imposible para intentar sacarle una sonrisa. Porque, al fin y al cabo, no había nada más gratificante para ella que hacer sonreír a su talón de Aquiles.
Discutían... ¡Vaya si discutían! Pero de eso se trata el amor verdadero, ¿no? Discutir, calmarse, hablar las cosas en frío, reconciliarse, fundirse en un abrazo que ambas echaban de menos. Hubieron veces que estuvieron algunos largos días sin hablarse, pero eso daba igual, ambas sabían cuanto cariño había entre ellas.
De todas formas y por más que ese punto de apoyo le decía que tenía que dejar el pasado atrás, Iria no era capaz de olvidar. Su mayor defecto era justamente ese: "no saber ni perdonar ni olvidar". El pasado de Iria estuvo teñido de tonalidades negras y grises, nunca blancas ni de colores. Siempre fue la segunda en todo y siempre fue ella quién hacía las cosas mal. Tuvo que madurar antes de tiempo y hacerse cargo de cosas que una niña no debería de hacer. Luego la conoció a ella y la cuidó, la aconsejó, le echó una y mil broncas, la mimó y le dio todas esas cosas que le hicieron falta en su momento. Supo por aquél entonces el verdadero significado de ese "amor materno" que le faltó.
Ella le dio las armas para defenderse en la vida ante cualquier situación. Fue ella también la que le dio ese regalo que fue el principio de su pasión por la escritura. Fue ella la que le dijo más de una vez que no abandonara sus sueños, que aunque le costara sudor y lágrimas, llegaría a donde quisiera. Gracias a su apoyo y sus consejos, Iria pudo cumplir su sueño y ser hoy quien es.
Hace poco me volví a encontrar con Iria y en su cara solo había felicidad. Se le oscureció la cara cuando le pregunté sobre su pasado, si ya no sentía tanto rencor, si pudo olvidar o si supo perdonar, me contestó un rotundo "no" y, aunque os lo parezca increíble, la entendí. Se le iluminaron los ojos cuando le pregunté por su madre y se le amplió aún más la sonrisa mientras me iba contando como estaba y qué era de su vida, y se le hinchaba el pecho de orgullo. Nunca me olvidaré de las palabras que hace algún tiempo atrás me dijo: "Madre no es la mujer que tiene un hijo, sino quien está ahí para cuidar de un hijo, para darle cariño, para echarle broncas, para aconsejarlo, para estar en sus triunfos y en sus fracasos. Eso es una madre".
Ella le dio las armas para defenderse en la vida ante cualquier situación. Fue ella también la que le dio ese regalo que fue el principio de su pasión por la escritura. Fue ella la que le dijo más de una vez que no abandonara sus sueños, que aunque le costara sudor y lágrimas, llegaría a donde quisiera. Gracias a su apoyo y sus consejos, Iria pudo cumplir su sueño y ser hoy quien es.
Hace poco me volví a encontrar con Iria y en su cara solo había felicidad. Se le oscureció la cara cuando le pregunté sobre su pasado, si ya no sentía tanto rencor, si pudo olvidar o si supo perdonar, me contestó un rotundo "no" y, aunque os lo parezca increíble, la entendí. Se le iluminaron los ojos cuando le pregunté por su madre y se le amplió aún más la sonrisa mientras me iba contando como estaba y qué era de su vida, y se le hinchaba el pecho de orgullo. Nunca me olvidaré de las palabras que hace algún tiempo atrás me dijo: "Madre no es la mujer que tiene un hijo, sino quien está ahí para cuidar de un hijo, para darle cariño, para echarle broncas, para aconsejarlo, para estar en sus triunfos y en sus fracasos. Eso es una madre".
A mi madre, mi punto de apoyo
mi talón de Aquiles,
mi sonrisa de cada mañana.
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