jueves, 26 de noviembre de 2020

Historia 9.

 "Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno...". Abrió los ojos y se encontró con la inmensidad del más espectacular atardecer. El sol se estaba escondiendo debajo del mar, dejando las tonalidades de rosas y naranjas más bonitos que nunca antes había visto. Tan solo se escuchaba sus respiraciones, el sonido del agua romper contra las rocas del acantilado y el latir de sus corazones. Había tanta paz en aquel lugar, una dulce armonía que se acompasaba con la nana que les regalaba el mar.

La miraba de reojo y la veía sonreír embelesada y sorprendida con tales vistas, mientras que él estaba embelesado con ella. En su mirada podía ver los ojos de una niña ilusionada con su regalo de Navidad, desprendía el más dulce y tierno amor, lo que hacía que se le escapara una sonrisa nerviosa. ¿Qué más necesitaba? No necesitaba absolutamente nada más, solo quería guardar esas imágenes en la retina y poder repetírselas una y otra vez.

"¿Cómo nunca antes me habías traído a un lugar tan mágico como este?" le preguntó, rompiendo aquel silencio que los envolvía. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo contarle que ese sitio no era tan mágico como ella lo creía? ¿Cómo decirle que realmente donde ella estaba de pie se pasó largas horas pensando en  que quizá era buena idea caer al vacío y dormir para siempre, en una eterna noche?  ¿Cómo robarle la ilusión y ensombrecer su nuevo lugar de escape? "Hacía demasiado tiempo que no venía por aquí."

Siguieron mirando al abismo, veían como poco a poco iba desapareciendo el Sol pero era un espectáculo digno de ver. Y, ensimismados en un ensueño de vistas, ella alzó la voz y empezó a leer una carta que había escrito un pintor hace años para despedir el sol:

"Entre ventoleras y borrascas, cruzando ciclones y tempestades, lluvias o tornados, pudiste llegar hasta aquí para irte silenciosamente frente a nuestros ojos.

Porque tu misión es partir a iluminar otros sitios. Labradores, estibadores, pescadores te esperan en otras regiones donde la noche desaparecerá con tu llegada.

Y como respondiendo a un timbre mágico despertarás las ciudades, irás junto a los niños a la escuela, pondrás en vuelo la felicidad de los pájaros, llamarás a misa.

A tu llegada, se animará el andamio con sus obreros, cantarán los pregoneros en las ferias, la orilla del río se llenará de lavanderas y entrará la alegría por la banderola de los hospitales.
¡Chau Sol…! Cuando en un instante te vayas del todo, morirá la tarde. La nostalgia se apoderará de mí y la oscuridad entrará en Casapueblo. La oscuridad, con su apetito insaciable penetrando por debajo de mis puertas, a través de las ventanas o por cuanta rendija encuentre para filtrarse en mi atelier, abriéndole cancha a las mariposas nocturnas.

¡Chau Sol…! Te quiero mucho…

Cuando era niño quería alcanzarte con mi barrilete. Ahora que soy viejo, sólo me resigno a saludarte mientras la tarde bosteza por tu boca de mimbre.
¡Chau Sol…! Gracias por provocarnos una lágrima, al pensar que iluminaste también la vida de nuestros abuelos, de nuestros padres y la de todos los seres queridos que ya no están junto a nosotros, pero que te siguen disfrutando desde otra altura.

¡Adiós Sol…! Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa, por eso todos la llaman la casa del sol. El sol de mi vida de artista. El sol de mi soledad. Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte."*

Brotaban las lágrimas de sus ojos como si de dos fuentes de agua trataran. Jamás había escuchado algo tan hermoso en un lugar tan idílico. Era curioso como, de pronto, aquel lugar que había sido el refugio de tantos gritos y pensamientos oscuros, terminó convirtiéndose en un sitio lleno de poesía y magia. Magia que provocaba ella a su lado, magia que pensaba que no existía.

Y mientras la veía con los ojos llenos de lágrimas, se percató de que por la mejilla de ella también corría una lágrima, despidiéndose del Sol.

La de vueltas que da la vida...


*Fragmento perteneciente a Ceremonia al Sol de Carlos Paez Vilaró.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Historia 8.

Porque en realidad era demasiado. Todo era demasiado. ¿Conoces esa sensación de conocer a la persona indicada en el momento más inoportuno? Esa suerte tan maldita que tanto daño hace. ¿Qué culpa tenía?
Se acerca poco a poco y la cabeza me da millones de vueltas. Pasa por mi lado y ese perfume se me queda hasta que vuelvo a mirarle a los ojos. Y vuelta la montaña rusa de sentimientos. Qué curioso es eso, ¿no? Quiero decir, empezó como un juego tonto. Te miro, me miras, risa por aquí, risa por allá, me acerco más, te acercas más, y más, y más... Para. Se nos está yendo de las manos. Pero me gusta tanto... Sigue un poco más... ¿Lo sientes? Te siento tan cerca... ¿Soñará conmigo también? Es que cada noche se me aparece, de una manera u otra, en los míos. Me despierto con un sabor totalmente agridulce y la piel erizada pensando que quizá es un recuerdo, pero qué va, eso no pasó nunca. Aunque las ganas están y cada vez son más fuertes.
Tienes siempre un pretexto perfecto para tocar cualquier parte de mi ser y me haces temblar. Me sale la risa tonta cuando me preguntan por ti. Como un adolescente cuando le habla quien le gusta. Pero ya tengo una edad. Debería de ser más fuerte y no dejarme llevar tanto... Pero me siento tan bien...
Y me besó. Me besó mucho, pero durante mucho tiempo. Se paró el tiempo y fue eterno. Quería que fuera para siempre. Tenía tanta hambre de esos labios... Que bien lo hacía... Aún ahora siento el hormigueo de sus labios al chocar con los míos. Soñé durante muchas noches con esos labios y esa forma de besar. Me pasaría toda una vida besando esos labios. ¡Qué suavidad! Seguro que los labios que despertaron a la Bella Durmiente eran como esos.
Pero solo me besó. Solo esa vez. Y lo volvería a hacer.

martes, 21 de marzo de 2017

While she sleeps. (Historia 7)

Era un hombre enemigo de la soledad, pero tampoco hacía ni permitía que nadie ni nada cambiara su posición. Lo cierto es que, por más que en repetidas ocasiones se proponía cambiarlo, no se sentía a gusto, en su hábitat natural y todo volvía al principio.
Nunca se enamoró. Sí, nunca se enamoró de nadie. Estaba roto. Estaba vacío. Apenas se tenía a sí mismo un mínimo de aprecio. Era un hombre frío, más frío que un témpano de hielo. Nadie era capaz de comprenderlo. Hablaba de temas que a nadie le interesaba y por eso mismo prefería quedarse en casa viendo películas antiguas o escuchando canciones que interactuando con otras personas. Las personas lo aburrían.
También es cierto que este hombre no calentaba la misma cama dos noches. Iba de brazos en brazos buscando un poco de calor, e incluso intentando encontrar algo que uniera esos trozos rotos que lo hacían a él por dentro.
Todo en vano.
Pero era un hombre muy presumido. Eso sí, cayera quien cayera en sus brazos por una noche, podía esa persona sentir el frío de su corazón. "El hombre vive por y para satisfacer sus deseos más primitivos", decía siempre. Al igual que repetía que "el lujo es vulgaridad", algo que siempre lo identificó mucho, ya que todo lo que lograba, lo terminaba perdiendo, Por una cosa u otra, siempre lo perdía.
Hubo una vez que creyó que se había acercado a eso que ya había perdido la esperanza de encontrar, a un amor, a alguien de quién cuidar, de quién proteger, de dar cariño... Pero era exactamente igual que él.
Era una persona fría, distante, desapegada de todo lo que le rodeaba porque "todo tiene una fecha de caducidad, nada es para siempre". Y, así con todo, el hombre la aceptó, dejó que caminara a su lado, con algo de distancia por medio de los dos, pero sí, al lado.
Por un momento se sintió vivo. Completo. Pero el sentimiento le duró poco. Un dicho popular dice que "lo bueno breve, dos veces bueno". Y lo fue. Tanto que lo fue.
Pero no era el momento. Eran ellos, eso estaba claro, pero se conocieron en el momento equivocado. Tenían que ser ellos, eran tal para cual, Mismos gustos, mismos temas de conversación, vivencias parecidas, mismas personas rotas, mismas inquietudes. Se podría decir que se complementaban a la perfección. Pero seguimos con lo mismo, no era el momento y ambos lo entendieron, Y lo aceptaron. Prefirieron esperar a que llegara el momento.
Se hizo esperar ese momento, Fue una espera agónica. Las horas dejaron de serlo para convertirse en días y los días en meses. Se buscaron mutuamente pero ninguno de los dos se encontraban.
Sin embargo, querido lector, puedo asegurarte de que el destino es muy caprichoso, más caprichoso que un hijo único consentido por los padres, y un día totalmente aleatorio, los volvió a unir. Esta vez, al fin, era el momento, y esta vez, la unión fue para siempre.
Ese hombre era yo y, mientras escribo estas palabras la veo de refilón dormida en nuestra cama y no me puedo creer que esté ahí.
Bendito destino.

lunes, 29 de febrero de 2016

Historia 6.

Alguien me contó una vez una pequeña historia de amor muy bonita sobre el Sol y la Luna. Decía que el Sol, que siempre está radiante, ahí arriba, iluminándonos y regalándonos su más bellos rayos, tenía una sola razón. En realidad, al Sol siempre le daba un poco igual lo que nos daba indirectamente a todos aquí abajo, siempre lo hizo para coquetear con la Luna. Sus rayos, sus guiños al atardecer... Todo era para la Luna. Siempre fue igual. Y lo mismo pasaba con la Luna. Esa esfera tan grande que iluminaba el cielo nocturno, con sus pequeños destellos que había al rededor de esta, esos destellos que nosotros mismos, los humanos, nos atrevimos a llamarlos estrellas, ayudaban a la Luna a que todo brillara mucho más ahí arriba. Se amaban profundamente, pero no podían estar juntos. Era imposible. Ella estaba tan lejos de él...
Sin embargo, parecía que se contentaban haciendo ese juego de ver quién brillaba más. Pero no podían, no debían estar juntos. Por más que quisieran, por más que lo desearan, era algo imposible. Escucharon algún que otro rayo juntos, escucharon caer lluvias torrenciales, incluso vieron juntos muchas veces alguna que otra lluvia de estrellas. Lo más cerca que pudieron estar en algún momento, y por decirlo de algún modo, era en los momentos de eclipses. No más.

jueves, 16 de abril de 2015

Historia 5.

Martina miró tras la ventana. Ya era tiempo de nieve y deseaba verla. Vio pasar mucha gente con bolsas y bolsas llenas de regalos. Otros llevaban ramos de rosas. Hacía tiempo que nadie le regalaba flores. Aunque sus flores favoritas eran los tulipanes. Tulipanes de todos los colores. Tulipanes azules. Una sonrisa melancólica se apareció en sus labios. Hacía tiempo que ya no recibía ese tulipán azul y se rompió en mil pedazos.

¿Qué hubiera pasado si en vez de haber decidido quedarse, se hubiera ido con él? ¿Ahora estaría recibiendo los mismos tulipanes? ¿Vería la nieve de la misma forma que le estaba viendo ahora? ¿Lo seguiría amando? "¿Qué dices, Martina? ¡Claro que lo seguirías amando! No puedes dejar de pensar en él " se contestó. Pero hacía dos años que se había marchado. Dos años que, por decisión mutua, no supieron nada el uno del otro. ¿Qué estaría haciendo ahora?

Seguía mirando por la ventana, pero en realidad no veía nada. Estaba sumergida en sus pensamientos, en sus recuerdos. Dos años habían pasado desde la última vez que lo vio y esos recuerdos estaban tan nítidos en su memoria... Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda cuando se acordó del tacto de su piel, de sus manos acariciándole el cuello y la cara, como le alborotaba el pelo y como ella se enfadaba cada vez que lo hacía.

¿Se acordaría de ella? No lo sabía. Tampoco se lo había hecho saber. Ella creía que si se hubiese acordado se lo hubiera hecho saber, porque Bruno era especial. En su memoria aparecieron algunos recuerdos de ella despertándose a las cinco de la mañana con una llamada de él. En cuanto le preguntaba que qué era lo que le ocurría, él contestaba en susurros: "Sólo quería decirte que pensaba en ti". Ese recuerdo la desarmó otra vez.

La gente ahí abajo seguía pasando con prisas. ¿Por qué nadie se paraba a ver lo que tenía al lado? ¿Es que no apreciaban la compañía que tenían? Cuando Bruno le dijo que se fuera con él lejos de esa ciudad, ella lo miró con cara de estar observando a un demente y estalló en carcajadas: "¿A dónde quieres ir? ¡Aparte conmigo! Bruno, que yo aquí tengo a mi familia, a mis amigos, mis estudios y mi empleo. No puedo dejar la ciudad". Él la miró serio y con una voz teñida de amargura le dijo que él lo que pretendía era "empezar una nueva vida, desde cero y contigo". Acto seguido, cogió su chaqueta y salió por la puerta. Esa fue la última vez que lo vio. No hubieron mensajes, ni llamadas, ni cartas, ni nada. Nunca se despidieron.

"¿A qué viene esto ahora, Marina?". Cogió el móvil para ver qué fecha era y la hora. "Lunes, 21 de diciembre. 20:37". "Hoy, hace dos años atrás, él estaba en ese sofá tomándose una copa de vino tinto. Yo lo miraba. Su perfil, sus largas pestañas... Cuanto lo echo de menos...".

El ruido del timbre la despertó de su ensoñación. "¡Ya va!", gritó. En cuanto llegó a la puerta, miró por la mirilla para saber de quién se trataba. Pero allí no había nadie. Abrió la puerta para ver si se habían equivocado, pero en el pasillo no había nadie. La sorpresa se la llevó en el momento que bajó la mirada al felpudo. Había en el suelo un ramo de tulipanes azules, con una pequeña tarjeta que decía: "Sólo quería decirte que pensaba en ti".








El resto ya es historia.

miércoles, 15 de abril de 2015

Historia 4.

Estaba cansada. "¿Cansada de qué?", le preguntaron una y mil veces. No podía aguantar una sola palabra más de nadie. Nadie sabía en realidad qué había sido de su pasado, quién fue la persona que le hizo daño ni quién fue la persona que estuvo apoyándola en todo momento. Bien sabía ella que su corazón estaba lleno de ese despreciable dolor y rencor. "Pronto se pasará todo eso, Iria", se repetía para sí misma, como si de un mantra se tratara. Las imágenes de ella de pequeña se le repetían una y otra vez en la memoria y no podía evitar esa rabia que le hizo llorar y gritar más de una vez. Pero ahí estaba de nuevo esa otra persona que la cogía en brazos para levantarla, repitiéndole una y otra vez "Eh, no bajes la guardia, levanta la cabeza, eres una mujer fuerte, sabes llevar esto y mucho más. Me tienes a mi y a todos los que te rodean y te quieren". Eso la hacía levantarse de nuevo, cada mañana.
En su cara siempre había una sonrisa, no podía evitarlo. Nunca quiso darle a nadies motivos para que le estuvieran preguntando qué era lo que le pasaba. Solo ésa persona, ésa mujer sabía, con tan solo mirarla a los ojos si estaba bien o mal, si le dolía algo o si la inundaba la felicidad. Estaba a su lado en cada fracaso y cada logro. Iria se decía a menudo no me va a dar la vida entera para poder decirle cuán agradecida le estoy por todo lo que me da. Entonces, cada mañana hacía hasta lo imposible para intentar sacarle una sonrisa. Porque, al fin y al cabo, no había nada más gratificante para ella que hacer sonreír a su talón de Aquiles.
Discutían... ¡Vaya si discutían! Pero de eso se trata el amor verdadero, ¿no? Discutir, calmarse, hablar las cosas en frío, reconciliarse, fundirse en un abrazo que ambas echaban de menos. Hubieron veces que estuvieron algunos largos días sin hablarse, pero eso daba igual, ambas sabían cuanto cariño había entre ellas. 
De todas formas y por más que ese punto de apoyo le decía que tenía que dejar el pasado atrás, Iria no era capaz de olvidar. Su mayor defecto era justamente ese: "no saber ni perdonar ni olvidar". El pasado de Iria estuvo teñido de tonalidades negras y grises, nunca blancas ni de colores. Siempre fue la segunda en todo y siempre fue ella quién hacía las cosas mal. Tuvo que madurar antes de tiempo y hacerse cargo de cosas que una niña no debería de hacer. Luego la conoció a ella y la cuidó, la aconsejó, le echó una y mil broncas, la mimó y le dio todas esas cosas que le hicieron falta en su momento. Supo por aquél entonces el verdadero significado de ese "amor materno" que le faltó. 
Ella le dio las armas para defenderse en la vida ante cualquier situación. Fue ella también la que le dio ese regalo que fue el principio de su pasión por la escritura. Fue ella la que le dijo más de una vez que no abandonara sus sueños, que aunque le costara sudor y lágrimas, llegaría a donde quisiera. Gracias a su apoyo y sus consejos, Iria pudo cumplir su sueño y ser hoy quien es.
Hace poco me volví a encontrar con Iria y en su cara solo había felicidad. Se le oscureció la cara cuando le pregunté sobre su pasado, si ya no sentía tanto rencor, si pudo olvidar o si supo perdonar, me contestó un rotundo "no" y, aunque os lo parezca increíble, la entendí. Se le iluminaron los ojos cuando le pregunté por su madre y se le amplió aún más la sonrisa mientras me iba contando como estaba y qué era de su vida, y se le hinchaba el pecho de orgullo. Nunca me olvidaré de las palabras que hace algún tiempo atrás me dijo: "Madre no es la mujer que tiene un hijo, sino quien está ahí para cuidar de un hijo, para darle cariño, para echarle broncas, para aconsejarlo, para estar en sus triunfos y en sus fracasos. Eso es una madre".


A mi madre, mi punto de apoyo
mi talón de Aquiles,
mi sonrisa de cada mañana.

lunes, 13 de abril de 2015

Historia 3.

Llama era lo que había en esos besos. Besos apasionados, besos de necesidad. Se necesitaban tanto, se echaron tanto de menos. Besos con promesas. Besos que decían un "hola" tímido. Besos que los dejaron marcados para siempre. Besos, besos y más besos. Otro beso más cargado de deseo. Y otro beso, que con este seguían ya el ritmo del antiguo Catúlo con sus dulces poema a su amada Lesbia. ¿Cuánto tiempo llevaban así? Habían perdido la cuenta.

La gente pasaba a su alrededor. Algunos miraban asombrados, otros con una sonrisa avergonzada de ver a esa pareja en plena calle. Otros les tapaba los ojos a los niños pequeños y otros más allá miraban con cierta melancolía en los ojos recordando épocas pasadas, de cuando eran jóvenes, de cuando tuvieron su primer gran amor. Pero, en fin, nadie sabrá nunca cuanto se echaron de menos.

Era un amor de verdad. Aunque... ¿alguien sabe en realidad cual es el amor de verdad? La cuestión de todo esto es que se encontraron después de varios años sin verse. Se separaron por motivos que nunca ninguno de los dos entendieron, aunque nunca dejaron de amarse, tanto o más que antes.

"¿Qué más dará que todo el mundo nos vea, Sophie? Te tengo ahora, aquí, en mis brazos y esta vez no pienso soltarte. Te quiero mía, te quiero siempre y te quiero ahora.", se repitió Alex en su cabeza. Las palabras en sí no salían de su cabeza de forma coherente. Al contrario, no sabía lo que pensaba. Era un torbellino de muchas cosas. "Está tan guapa. Ese vestido le sienta fantásticamente. ¿Se ha cortado el pelo? ¿Alex. qué haces? Esto no puede estar pasando. Despierta, Alex, estás soñando. Cuanto te he echado de menos, Soph. ¡Te has vuelto loco, Alex! En plena calle besando a Sophie... ¿Qué más dará?"

De pronto esos besos terminaron y se miraron fijamente a los ojos. Se reprocharon todos los años que estuvieron separados el uno del otro, se dijeron cuán grande era su amor. Dijeron millones de cosas. Solo con la mirada. No necesitaron palabras para expresar todo lo que había en sus cabezas.






Y es que en el fondo todo daba igual. Estaban de nuevo juntos.