Como una ráfaga de viento invernal, calaban en mis huesos y en mi alma aquéllas palabras. ¿Qué pretendías con todo eso? ¿Qué era, que querías hacerme sentir haciendo todo esto? Sentía tanto miedo...
"Es una decisión mutua", dijiste. No, al contrario, la decidiste tú, con tu soberbia, con tu altanería, con tus aires de superioridad. ¿Quién eras? Maldita sea, ya no te reconocía. En tan poco tiempo habías cambiado tanto... Eras todo lo contrario a tiempos pasados.
Hace algunos años atrás, habías entrado en mi vida como si de un remolino te trataras, un remolino que nunca se apaciguó. ¿Quién eras? Aquellas sonrisas y miradas cómplices. Mirar esos azulísimos ojos, perderme en ellos y dejarme llevar, como si fueran el agua mismo del océano. ¿Quién eras?
Y, como si fueras las nubes de una terrible tormenta que se habían quedado ya sin agua que dejar caer, marchaste, dejándome sola y haciéndome sentir como si me hubieras abandonado en el medio de un bosque en plena oscuridad.
Te marchaste y, con tu partida, parte de mi ánima se fue contigo. Habías sido tan importante, que dejaste una huella para siempre enterrada en mi alma. Una huella que más bien se parecía a un tatuaje gravado a fuego en mi corazón.
Eras una persona y, a la vez, eras muchas cosas: un nombre, una sonrisa, una mirada, una palabra, una fecha que quedó marcada para siempre en el calendario de lo que era nuestra casa. Eras también una canción, que para muchos no tenía sentido lo que decía, pero que guardaba un profundo secreto en mi.
¡Ya ves! Han pasado ya unos cuantos años de todo esto, pero esas mínimas cosas siguen presentes. Después de tanto tiempo volvemos a encontrarnos. Después de tanto tiempo vuelvo a tener esos ojos azules, un poco más viejos, mirándome fijamente, esos ojos que están cansados de ver como se pasa la vida. Después de tanto tiempo...
Como si se tratara de un reencuentro de dos amigos que no se ven durante años, nos hacemos demasiadas preguntas triviales: "¿Cómo te va?", "¿Qué es de tu vida?", "¿Sigues trabajando donde siempre?", "¿Cómo están tus hermanos?", "¿Y tus hermanas?", "¡Tus sobrinos deben de estar enormes!", "Te veo tan cambiada..."
Nos prometemos mantenernos en contacto, con un poco de prisa, ya que estamos liados, para ir a tomar un café o cenar por ahí, como al principio. Como cuando te conocí por esas casualidades de la vida.
Y todos estos recuerdos se me han venido a la memoria porque hoy, justamente hoy, es tu cumpleaños. Cumplirías cincuenta y nueve años y, aunque no te lo creas, te echo tanto de menos. Soplaré esas velas que tú no has de soplar. Te he traído algunas flores, para que esto no parezca tan lúgubre. ¿Te gustan? Sí, son tulipanes rojos, como los que me regalabas el día en que cumplía años.
¿Te acuerdas de aquel cumpleaños tuyo, que cogimos las maletas y nos fuimos a perdernos por el mundo adelante durante tres meses, sin que nadie pudiera contactar con nosotros? ¡Qué jóvenes alocados éramos!
Después de que pasara mucho tiempo de tu partida, entendí el porqué. No querías que te viera sufrir. Si no te hubieras ido, quizás este cumpleaños hubiéramos ido a celebrarlo juntos. Hubiésemos ido a tomar ese café o hubiésemos ido a cenar a un restaurante bonito y elegante, de esos que tanto te gustaban llevarme. Pero decidiste marcharte, otra vez.
Feliz cumpleaños, B., estés donde esté.
La que nunca te dejó de amar.
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